La venecia del oeste...

1
Viendo a Nacho defender (!) a
Be kind rewind me he enterado de lo obvio (porque si él se reconoce lento lo mío es de traca): que Jason Reitman (Thank you for smoking -imprescindible- y
Juno, el Little Miss Sunshine de este año, pero mejor) es el hijo de su padre Ivan. Hay que explicar un poco quién es Ivan Reitman. Este señor forma parte del grupo de amiguetes de Bill Murray, a quien ha dirigido (Stripes, Meatballs). El otro colega es Harold Ramis (Atrapado en el tiempo, La cosecha de hielo). Pues bien, Ivan es nada menos que el director de
Ghostbusters: los cazafantasmas eran Murray, Ramis y Dan Aykroyd.
2
Dos videoclips que deberían pasar a la historia de la música popular:
El rollo zen que hizo Blur contra la guerra de Irak, ilustrando la que probablemente sea
su mejor canción (aunque no deja de ser una magrebización de
coffee & tv).
Weezer, poniendo sobre el mapa a la
cultura youtube. Hay que recordar que este fue el grupo que
se coló en el CD-ROM más importante de la historia (el de Windows 95), que
introdujo los móviles en España y que debutó con el single que
resume toda la década de los noventa, aunque aquel mítico disco tenía otras canciones
mejores.
3
El jueves vino Manu Chao: 3h30 de concierto, según dicen (en su línea, por otra parte). Hay que explicar un poco quién es Manu Chao. En las contracelebraciones del quinto centenario, en 1992 (un año antes del cierre del último astillero, por cierto), sale del puerto de Nantes un carguero que reproduce en su nave una calle alfa de una ciudad occidental a tamaño real. La expedición recorre los principales puertos de Suramérica y en el barco viajan la Mano Negra y Royal de Luxe (la compañía de "
teatro" instalada aquí). El contenido de las representaciones es crítico con la versión oficial de la Historia, que silencia las masacres de los conquistadores españoles y la posterior
trata de negros a través del comercio triangular que tanto enriqueció a ciudades como esta en la que vivo.
El viernes me dijeron que el sábado había un concierto gratis de "música zíngara"; el sábado por la tarde me indican que se trataría de Goran Bregovic. Yo, evidentemente, pienso en el teléfono estropeado y me digo: "a este le han dicho que es tipo goran bregovic para que se hiciera una idea del rollo". Pues no: era él, con su traje blanco de boda, sus folclóricas
estrafalarias y sus viejos con chaleco tocando todo tipo de trompetas. Hay que explicar un poco quién es Goran Bregovic. Es el tipo que hace la música de las películas de Kusturica. Lo que pasa es que, dicho así, uno se queda en el rollo balcánico festivo y poco más. Pero luego llega este buen hombre y toca
la mejor canción de todos los tiempos, o cualquiera de sus clásicos para
Underground y claro, te rindes. Su fanfarria amplificada sonaba como nunca, y eso que yo estaba lejos porque había mucha gente, y apenas distinguía el whisky que se iba metiendo hacia el final del concierto. El público, como siempre en estas situaciones, no parecía francés. Y claro, no deja de ser un concierto de rock con todas las de la ley: el triunfo mundial de la orquesta de pueblo. Al aire libre, con el "skyline"
nantés de fondo y el cielo despejado: aquello parecía Coachella pero sin americanos y sin pagar. Bueno sí, pero, puestos a pagar, prefiero que se gasten el dinero en Goran antes que en la
Pantoja. Se ve que el alcalde está contento con su reciente 56% y su segundo presupuesto para cultura más grande de Francia, porque a los cinco segundos de terminarse el concierto empezaron, justo detrás, los
fuegos artificiales más inesperados de mi vida: con música electrónico-metalera, llamaradas y los fuegos lanzados desde la
grúa, como hacen los parisinos con la Torre Eiffel el 14 de julio.
Tras esto me junté con unos españoles (los que conocí durante el festival -del que hablaré algún día, creo- en una situación clavada a la que paso a contar) para hacer la ruta de bares del
hangar à bananes: al entrar, todo el mundo está sentado y en silencio (son bares de copas tirando a pijillos u modernillos, según) y nos (sí...) ponemos a bailar muy a lo tonto. Todo el mundo mirando con caras de "menudos payasos". Cuatro o cinco minutos después, medio bar se ha puesto a bailar y algunos se suben a las mesas... repetimos el procedimiento un par de veces más, para terminar de comprobar la impresión que tenemos muchos sobre este tema: los franceses salen, se emborrachan y, cuando salta la chispa, se vuelven locos, probablemente por un estilo de vida más autorreprimido entresemana. Aunque también es cierto que desde abril las terrazas de
Bouffay están llenas a medianoche cualquier día de la semana. Eso de que se van a casa pronto debe de ser en otras ciudades, porque aquí los bares cierran a las dos.