22 de mayo de 2017

Netflix vs Cannes vs quien se ponga por delante

Ya saben: dos películas de Cannes han estado a punto de caerse porque Netflix (aquella empresa de alquiler de DVDs cuya gracia consistía en que te los llevaban a casa a medida que ibas avisando de haber visto el anterior de la cola, o eso nos contaba Clara desde EEUU, y que ahora va camino de convetirse, si no lo es ya, en el canal de televisión -en sentido amplio- más importante del mundo) no va a estrenarlas en el cine en Francia, requisito obligatorio a partir del próximo año por presión de las distribuidoras francesas (algo que hasta ahora era de uso común: qué distribuidor no querría estrenar algo que ha competido en el festival de cine más importante del mundo?). Los americanos habrían aceptado una suerte de estreno limitado, pues tienen recursos de sobra para ello, de no ser porque la ley francesa es tremenda respecto a las famosas "ventanas de distribución": una peli no puede salir en streaming hasta tres años después de su estreno en salas francesas. Tres años. Obviamente Netflix nunca aceptaría esperar tanto tiempo para estrenar en su propia platforma una película que han pagado ellos mismos.

Porque hete ahí el verdadero problema, que no se está subrayando lo suficiente: Netflix es a la vez productora (la que paga los costes de rodaje, etc. de una peli) y distribuidora (la que se encarga de hacer copias de la película y alquilársela a los cines de todo un país, vamos, la que gestiona los derechos de emisión), lo que genera un muy evidente conflicto de intereses, que ya está muy presente en la industria convencional del cine a nivel internacional (en países como España se ejemplifica en que algunas distribuidoras poseen también los cines, o la cadena industrial completa, como en el caso de Enrique Cerezo; en Francia tres cuartos de lo mismo con Pathé, MK2... pero con una verdadera industria detrás, además del apoyo público, lo que diluye parte del efecto pernicioso de esta acumulación).

A día de hoy, un estreno en cines en Francia te garantiza un acceso al público mucho mayor que un estreno en VOD (streaming de pago) en Netflix, pues el número de abonados por país, por ahora, no es tan grande (ellos siempre juegan con la potencialidad y no la realidad: en teoría se puede ver en todo un país, en la práctica cuántos lo harán?). Por no hablar del prestigio (por ahora, la mayor parte de lo que producen no dejan de ser telefilmes de toda la vida, pues eso eso lo que son: una productora de películas direct-to-video de toda la vida). Por eso (y por las presiones de la industria convencional) Cannes presiona para que sus películas vayan después a los cines. Esto no es un festival online. Aquí se ven las pelis con el aislamiento sensorial y psicológico y/o con la experiencia colectiva que supone acudir a una sala de cine. No me vengan con los rollos de la tele grande o el proyector y el surround, que estoy bien situado para saber que no es lo mismo.

Conversaciones tuve con el director de una peli española cuya distribución internacional lleva Netflix, y él se mostraba aún más escéptico que yo. Por un lado, el que Netflix, sin ser, esta vez, productora de la peli, haya comprado la peli, asegura una difusión en streaming para todo el mundo (o, al menos, para algunos países: ya les habrán llegado los ecos de esas pruebas para contratar traductores de subtítulos que están haciendo online en España, Francia y seguro que en toda Europa) que jamás habría tenido, además de proporcionarle suficientes ingresos como para rodar la siguiente película. Por otra parte, se elimina toda posibilidad de estreno en cines en dichos países. Tanto es así que cuando la negocié para el Festival en Nantes me preguntaron si para nosotros era un problema que Netflix la fuera a tener en Francia en VOD. En el caso del cine de arte y ensayo es una pena, porque dudo que la peli tenga en Francia muchos más visionados online que la cantidad de espectadores que la vieron en las salas del Katorza (unos 700) sumados a los del resto de festivales en los que haya participado o vaya a participar por todo el país. Y, de tenerlos, son visionados de baja calidad, esto es, "lanzo esta a ver qué tal, mientras ando con el móvil haciendo otra cosa, y si me aburre lanzo otra que total, es gratis porque pago una tarifa plana y no por película".

Desde luego el dilema del VOD vs estreno en salas está servido. Hasta el momento el circuito se separaba en dos: van directas a streaming aquellas que no tienen suficiente calidad o bien suficiente atractivo comercial (ni siquiera en los circuitos de arte y ensayo) y al cine el resto, es decir todas las de directores conocidos o respetados en la cinefilia. Con dos películas de autor que compiten en Cannes (es decir, de perfil muy alto: nada menos que el mejor director coreano en activo -con permiso de H.S.H.- y acaso el mejor estadounidense, Joon-Ho Bong y Noah Baumbach) la cosa se pone seria, porque es inconcebible que este tipo de cine no pase por las salas del país de la cinefilia por excelencia, y sin embargo así será. Los fanboys de Netflix apelarán a las grandes cantidades de dinero que inyecta en la industria del cine (cierto) o a la libertad creativa que dan a los directores (cierto al parecer, aunque el día en que un director no entregue una película que se asemeje a las que había hecho hasta ahora, habrá que ver...) o, desde España, a que la entrada para una peli en las dos grandes capitales cuesta como un abono mensual (en tarifa plana) de la plataforma de VOD.

Al menos Amazon (como productora de cine tienen también peli en Cannes pero sí que la estrenarán en cines) o incluso HBO tienen una postura menos beligerante contra la industria clásica y sobre todo no tienen esa pose (que a mí me enerva particularmente) que muestra Netflix de rebeldía contra el establishment. Ese rollo salvapatrias de "representamos el futuro de este negocio y vamos a cambiar las cosas porque tenemos buenas ideas" se lo pueden ahorrar. Lo que tienen es dinero, mucho dinero. Y por eso van a cambiar las reglas. Porque la disrupción (puajjjjj) solo se logra con dinero, que no nos vendan la moto del pequeño rebelde que representa a todos esos jóvenes que piratean porque el cine es caro: lo que quieren es fichar a todos esos clientes que, por cierto, hasta ahora gastaban en cine en España la decima parte de lo que cuesta una suscripción anual a Netflix.

Muchos otros puntos quedarían por comentar: el que todo el mundo se refiera a estas películas como "de Netflix" en lugar de citar al director, nacionalidad o título de peli anterior del director, que suelen ser las referencias habituales cuando se habla de nuevas pelis que no se conocen. Una tendencia muy de hoy en día: el arte no pertenece a sus creadores sino a sus mecenas. Es como si dijéramos "la escultura del David de los Medici"... Y por último otra de las consideraciones económicas: la razón por la que el streaming van los últimos en la cadena de derechos de emisión (tres añazos, recuerden) es porque se supone que no han inyectado dinero en la creación del contenido (las salas de cine, por ejemplo, sí que revierten un porcentaje de cada entrada para la producción de películas: esa es, en una línea, la excepción cultural francesa en cuanto a cine). Esto no es así ya: cuando en su momento las televisiones, y ahora el streaming, se ponen a financiar el cine, las reglas de exhibición han de cambiar, eso está claro. Pero que no sea Netflix quien legisle, porque en unos años, cuando muevan estas inversiones del cine a otra cosa más rentable, pueden dejar tras de sí un páramo tremendo, sobre todo si toda la industria se sube al barco sin rechistar.